miércoles, 9 de septiembre de 2020

Harina

Harina

María, al oír los primeros gallos lanzar su jácara, muy diligente salta de la cama. Miguel ya había hecho lo mismo y amontonaba unos leños para encender la lumbre. Enseguida arrimaría el pote lleno de agua fina de la fuente para que se fuese calentando. Ella prepara la artesa, las varillas y el cedazo. Saca del costal dos celemines de harina y los echa despacio sobre la artesa para añadir luego el agua caliente. Él ha ido a asistir a las mulas, que más que animales de carga son compañeras de trabajo, las echa paja y cebada en el pesebre, de paso, saca unos cubos de agua del pozo y llena la pila de la zahúrda y la del corral para que todos los animales de la casa estén bien atendidos. Las gallinas escarban como siempre buscando algo que picotear, aunque sea la cal de las paredes.

Con firme parsimonia y a la vez delicadeza, María va conformando una masa homogénea a la que ha añadido la levadura y una pizca de sal. Recuerda que su abuela siempre la decía que “la sal, ni mucha, ni poca”, algo que de pequeña no llegó a entender, pero luego con el tiempo ha comprendido que en eso, como en otros muchos pequeños detalles, está el toque personal de cada cual para la cocina.

Mientras, se afana en heñir con sus puños la masa, descargando todo el peso de su cuerpo y girando ligeramente las muñecas, entona  por lo bajo antiguas canciones que había aprendido de su abuela y otras que desde, su ya lejana niñez, tenía grabadas en el recuerdo con la dulce y melodiosa voz de su madre.

Recuerda las historias que la habían contado al amor de la lumbre. El abuelo relataba las caminatas hasta el molino del río detrás del burro en el que llevaba terciados dos costales de trigo bien cinchados para que aguantasen el desnivel del camino. Con el cabestro al hombro andaba al mismo ritmo acompasado que el animal. El molino de la orilla del río lo había mandado construir el marqués hacía poco tiempo. Estaba cerca del paso de la barca y del vado, a escasa media legua del pueblo.

En las cercanías del molino, el corro de gente que esperaba para moler era un auténtico mentidero. Él, se limitaba a escuchar, sin dar más opinión que un “tal vez”, o “quizás”. Los duros años le había hecho más que prudente, reservado. Todos le tenían por sensato y discreto. Las tres piedras del molino giraban incansables con la fuerza del agua. El rodezno recibía el empuje del río incansable y transmitía su fuerza a la muela que iba molturando el grano. El ruido era ensordecedor, nunca mejor dicho, todos los molineros terminaban afectados, perdiendo audición. Llegado su turno, arrimaba los costales, esperaba la molienda, recogía la harina, pagaba la maquila y regresaba deseándole buenos días a todos los presentes y a los que habían ido llegando después que él.

María recuerda también, que, siempre le había dicho que las mujeres no tenían que ir al molino. Que no era buen lugar. Que había muchos hombres. Que si alguna vez se viese en la necesidad, Dios no lo quiera, como le pasaba a las viudas sin familiares varones, que tuviese que ir con el costal a la cabeza, aunque sufriera el calor, que fuese a media mañana,  o bien entrado el día.

En las cancioncillas tan verídicas como irreverentes, que juglares atrevidos y desvergonzados entonaban en las plazuelas, relataban historias de molineras picaronas y de clérigos rijosos. Tendría razón el abuelo.

Cuando la masa ya tiene “su punto” la trocea en partes de dos libras y con rápidos giros sobre el ala de la artesa les da su peculiar forma redondeada de hogaza auténticamente artesana. Marca con el cuño de la familia cada bola y le da unos cortes superficiales que con el calor se abrirán.

Con un lienzo blanco y limpio lo tapa y encima pone una manta de lana para que se mantenga uniforme la humedad y la temperatura. Lentamente la levadura hará su labor.

Llegada la hora, prepara el rodete de tela tejida que se ajustará a la cabeza para llevar el tablero del pan. Son los panes que comerán durante la semana. El pan, tan socorrido, que, además de acompañamiento se vuelve a utilizar en migas, sopas o gazpacho. Sí, salen a pan diario por persona. Como los pastores trashumantes que además del jornal tenían asignado un pan diario. Y cada uno de sus mastines, también. Lo lleva al horno con paso ligero y decidido.

El hornero, desde la madrugada ha quemado una carga de jara dentro del horno y está preparado para la siguiente cochura. El maestro pala, con destreza va colocando los panes dentro del horno. Regresa a casa para seguir con su tarea. Dentro de una hora vuelve para recogerlo.

En las calles, el aire envuelve el pueblo con un delicioso aroma a jara y pan nuevo. Las mulas y los carros de los labriegos ponen la  nota sonora a la que parecen contestar las campanas de la torre.

De ninguna manera, María podría imaginar que, veinte generaciones después  se volverían a oír en la plaza aquellas canciones rememorando tiempos antiguos.

Pero lo que nadie, ni por asomo, podría esperar,  que una infinidad de minúsculos e invisibles monstruos vaciarían las calles. Encerrarían a las gentes en sus casas. Desatarían temores ancestrales, zozobra y desconfianza.

Y para sobrevivir, ante la incertidumbre y el miedo a un posible desabastecimiento volverían la vista a lo más básico, a lo más elemental y más versátil.  Algo que siempre había estado en sus vidas en dulces, bollos, galletas, salsas, y el único alimento que las religiones tienen por sagrado y mencionan en sus oraciones, el pan.

Volverían la vista con esperanza a la sencillez y buscarían: harina.

José María Calzado Almodóvar. 2020


https://maestroepa.blogspot.com/

Nota.- En el mes de abril la venta de harina se incrementó un doscientos por cien. 

martes, 21 de enero de 2020

lunes, 12 de agosto de 2019

Cosas de críos




Allá por los primeros años del siglo XX la vida de la chiquillería era ligeramente distinta a la actual, aunque los niños siguen teniendo predilección por el agua y la tierra como juguetes, otra cosa es que no siempre los tengan a mano o que sus madres no les dejen mancharse. Hasta los diez o doce años iban a  una escuela en la que se apretujaban más de sesenta chiquillos con una diferencia de edades de dos a cuatro años entre sí. El maestro atendía como podía a toda aquella troupe, poniendo a los mayores a enseñar algunas cosas a los más pequeños. La pizarra era una zona de la pared enlucida con cemento gris alisado y abrillantado en el que resbalaba la tiza con líneas apenas legibles.


Algunos de los juegos más comunes entre los chicos, eran “los bolindres”, canicas las llamaban en otras partes, las primeras eran de barro cocido, que podían romperse al primer impacto de un diestro tirador, había otras de china, pero eran más caras. Para jugar se hacía un pequeño hoyo en el suelo (como las calles eran de tierra, bueno el suelo natural del terreno, tierra o peñas) el guá, donde se colocaban las bolas de todos los jugadores y según el turno establecido se iban sacando y después había que eliminar a los demás golpeando su bolas con la nuestra para alejarlo de hoy y retornar. Más adelante llegaron las muy apreciadas de cristal, unas hermosas bolitas de vidrio muy resistentes y en alguna ocasión alguien conseguía bolas metálicas, pero nadie quería luego jugar con ellos.
El mocho, juego más bien de otoño-invierno, se jugaba como su propio nombre indica con el mocho, un trozo de palo de un palmo, (palmo es la distancia que se alcanza desde el pulgar al meñique extendiendo la mano,  que en muchos casos es aproximadamente una cuarta, 20,75 cm o sea la cuarta parte de una vara, 83cm) afilado por las dos puntas al que se golpeaba con la mochera, un palo de casi una vara de largo y ligeramente curvado. 





Otros entretenimientos habituales eran apedrear perros, cazar cernícalos en los huecos de los muros del Palacio y de la ermita del Santo,  o buscar cualquier tipo de nidos por el campo; pelarse entre los muchachos, “enganchalinas”, y los terribles “ataques” con piedras lanzadas a mano, con tirachinas o con la potente y peligrosa honda. Estos “ataques” vistos con la perspectiva actual pueden parecer cuando menos, salvajes y peligrosos. Quizá lo fueran, pero estaba asumido como algo normal. Para quien no la conozca ni la haya utilizado nunca conviene aclarar que la honda es un artilugio para lanzar piedras a larga distancia conocida desde muy antiguo, ya eran famosos los honderos de baleares acompañando a las legiones romanas, se trata de una cuerda trenzada, como de dos brazos de largo, con una abertura en la mitad de su longitud para colocar en ella una piedra algo menor que el puño de un niño,  lo más redondeada posible, en un extremo tenía un hueco para meter el dedo índice, y en el otro extremo terminada en un nudo al final del cual se dejaba la cuerda deshilachada para que restallase como un látigo. Cuando algunas personas jóvenes oyen estas historias se escandalizan, pero en su momento, se considera algo “normal”. Claro que había descalabradura, pero  a nadie se le ocurría acudir al Centro de Salud, básicamente porque no había Centro de Salud, y por una pedrada, nadie acudía al médico, ni siquiera se informaba a los padres. No hacía falta, los churretones de sangre seca eran bien elocuentes al llegar a casa.  Algunos chavales siempre dispuestos a la pelea solían llevarla arrollada a la cintura y así la tenían siempre a mano. El combate duraba hasta que alguno de los grupos se retiraba hacia sus casas o intervenía sin demasiado entusiasmo algún adulto que pasara por allí. Otro entretenimiento consistía en mostrar la puntería haciendo sonar las campanas de la torre de una pedrada.
El pasado en general, y la infancia en particular es como cada uno la recuerda. No importan tanto los sucesos reales sino la forma como cada cual los vive y los rememora. Así como decía Jorge Manrique “cómo, a nuestro parescer / cualquier tiempo pasado / fue mejor
Claro que además había que ir a coger aceitunas o ayudar en la siembra del garbanzo, de los melones, habas, etc, y pasar el verano en la era. El estío siempre ha tenido un encanto especial, cabe recordar que aún no se habían “inventado” las vacaciones. Así que subirse al trillo y dar volteretas en las parvas eran grandes diversiones, con el encanto añadido de poder pasar la noche al raso tratando de identificar la amplia gama de sonidos de la noche, conocer las estrellas la caprichosa asignación de nombres a las constelaciones conocidas o imaginadas. La caterva de muchachos recorría incansable las eras de familiares, amigos y vecinos armando bulla como es natural.

A lo largo del año se iban sucediendo otros juegos como la catarroma, era y barra fina de hierro afilada en una punta y que había que clavar en el suelo de tierra cuando no estaba demasiado duro. Cierto, también entrañaba algún peligro, qué le vamos a hacer. El aro, era un círculo de hierro de cuarenta a sesenta centímetros de diámetro y cinco milímetros de grueso aproximadamente que se hacía rodar con un gancho de alambre. El repeón, (peonza), todavía se ve alguno en las tiendas, pero no veo a los chavales jugando en él. El tiro con arco, fabricado con las elásticas ramas de los acebuches, y con el que se podía jugar casi en cualquier parte, o en los corrales o en la calle. El uso de zancos preparados con ramas fuertes o con latas de conservas y cuerdas de pita constituían un buen divertimento.
 


Sin duda el juego más sencillo y para el que no necesitaba llevar ningún artilugio era el de las cuatro esquinas, lógicamente hacían falta más de cuatro jugadores.
Claro que también estaban el escondite, la borriquita mansa, la gallinita ciega, y la pioneta.
Las muchachas solían jugar a la comba, al piso (rayuela) a la pelota y con muñecas de trapo. Conviene señalar la peculiaridad de que muchos de los juegos de niñas seguían un ritmo marcado por canciones que en algunos casos iban cargadas de cierta guasa y picardía, pero de lo que no queda duda es de que la cadencia rítma de esas canciones eran fundamentales en el desarrollo del juego, en la coordinación individual y del grupo a la hora de seguir correctamente cada fase del mismo.
Será por eso que luego en general las mujeres suelen tener mejor sentido del ritmo que los hombres, claro como lo vienen cultivando desde pequeñas. Bueno, a lo mejor son figuraciones mías.






Este estilo y tipos de juegos perduraban hasta los años setenta en que poco a poco y casi sin darnos cuenta fueron desapareciendo y dando paso a algunos otros entretenimientos, como el intercambio de cromos, o de cuentos tipo comic, llamados tebeos, por una conocida marca (TBO), eran famosos los de “El capitán trueno” y “El Jabato”, bueno, para quien se lo podía permitir. 
Bueno, aún no había llegado la ola de pamplinosería absoluta que nos invade y los agoreros apocalípticos siempre asustando al personal con inimaginables desgracias.
Ya se nos ha olvidado cuántos males se iban a derivar para la infancia por ese diminuto cacharrillo llamado tamagochi, (hacia 1996), alguno quedará por ahí, pero desde luego ese chisme y otros muchos han quedado arrinconado con la llegada de las pequeñas pantallas. Quién podía imaginar que un dispositivo en principio diseñado como teléfono podría contener, siendo tan pequeño, tan amplia gama de posibilidades como juguete o entretenimiento en general para cualquier edad.
Quejarse de que los teléfonos móviles son peligrosos es lo mismo que culpar a los automóviles de los accidentes de tráfico.
Quizá dentro de poco tiempo los que vengan detrás y oigan hablar de ello pondrán la misma cara que habrán puesto los menores de cincuenta años al leer el principio de este artículo. 

Para la revista de la feria, agosto de 2019 Orellana la VIeja