Un blog con el nombre de mi padre.
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Creado el martes, 23 de septiembre de 2008 2:34 Congreso Nacional de Internet en el Aula Granada
sábado, 25 de octubre de 2014
viernes, 19 de septiembre de 2014
Dos espadas de fuego.
Dos espadas de fuego
(siguiendo con los escritos de mi padre)
En las primeras
elecciones del cambio democrático fue un cambio tan brusco y más para un pueblo
sin experiencia comparándolo con otros países más desarrollados.
Pues no es de
extrañar que oyésemos o dijéramos cosas sin sentido.
Estaba yo tan
tranquilo contemplando los nidos de las cigüeñas de la torre sin meterme con
nadie. Había mucha gente en la plaza, y sin más ni más, alguien me voceó desde
lejos:
-Rafael, me han dicho
que tu mujer y tú habéis votado a los socialistas.
-Y a mí me han dicho
que tú has votado a los comunistas.
-¿Quién yo?
-A mí me lo han
dicho.
-¿Y quién te lo ha
dicho?
-¿Y a ti, quién te
lo ha dicho?
Me daba vergüenza
ajena andar a voces en la calle como los muchachos chicos.
Aquello no me
quitaba el sueño. Ojalá hubiese sido ese el problema más gordo que yo haya
tenido en la vida.
Pero desde luego hay
que ver que poco cuidado tenemos en controlarnos la lengua. Cuánto daño hacemos
sin darnos cuenta. ¿O dándonos?
Empezando porque yo
no tengo que consultar a nadie a quien debería votar, porque ya soy mayorcito,
o eso es lo que me creo. Además quien sabe a quién voto si ni lo digo ni lo
pregunto.
Creo eso será cuenta
de cada uno, y si el sobre va cerrado y no se clarea, como hay gente que vea
tanto y sea tan “lista” que ya sabe con lo que voy a soñar pasado mañana.
Volviendo a lo de “a
mí me han dicho” hay veces que ni viendo las cosas se pueden creer. En la
despensa de mi casa andaban unos ratones que roían todo lo que pillaban.
Pusimos una ratonera con un trocito de queso como cebo. A la mañana siguiente
cayó el primer lirón. ¡Qué raro es esto! Un lirón con dos rabos. Yo nunca había
visto un ratón con dos rabos, pero no fiándome de mí, se lo dije a mi nuera, a
mi hijo y a mi mujer. Mirad, les dije, para que no me digáis que me sueño las
cosas: un ratón con dos rabos.
Está claro dijeron
todos, el ratón tiene dos rabos.
Pero, al aflojar la
ratonera y tirar de los dos rabos salieron dos lirones. Se habían entallado los
dos roedores a coger el cebo y sólo se veía un lirón.
Para que sepamos que
ni viendo las cosas se pueden creer. Como para vocearle a un tío en medio de la
plaza con un “a mí me han dicho”.
Con razón dice
Miguel Delibes, me he pasado la mitad de la vida luchando con mentes enfermas.
Yo creo que
deberíamos preocuparnos de los que no quieren trabajar, a ver de dónde les
viene lo que se comen. Que a mí me han caído muchas gotas de sudor en la tierra
desde que tenía once años.
Este mundo nos le
hemos encontrado así, y así seguiremos por los siglos de los siglos. Porque si
hubiese habido solución, desde que el hombre puso los pies sobre la tierra ya
habría tenido tiempo para que nos
hubiéramos corregido.
Yo desde un pequeño
pueblo de Extremadura comparándolo con el resto del mundo, qué es lo que yo
puedo saber de la vida. Pero también digo que basta con la experiencia de cada
cual para darnos cuenta de cómo funciona este mundo.
El recuerdo más
desagradable y más amargo de mi vida por causa de las lenguas, no sé en
realidad la edad que yo tendría, pero no mucho más de tres o cuatro años. Lo
recuerdo perfectamente como si hubiese ocurrido ayer mañana. Mi madre estaba
enferma en la cama. Llevaba varios días enferma supongo. A mí me faltaba el
calor y el cariño de mi madre y me pasaba las horas alrededor de su cama
esperando una caricia suya.
Una mujer, imposible
recordar quién sería, llegó a visitarla. Yo estaba allí, pegado a la cama, y
sin poder tener idea de la gravedad de la enfermedad de mi madre.
Pero recuerdo el
dolor y el desgarro que me produjeron las palabras de aquella mujer, tan faltas
de la más mínima delicadeza y consideración.
“Josefa, te mueres”
Con mi corta edad
aquellas palabras restallaron como un látigo en mis oídos hiriendo profundamente
mi alma el resto de mi vida, y tengo ya más de noventa años.
Desde entonces sé
que el alma existe, porque me lo dice cada vez que lo recuerdo.
Rompí a llorar una
pena inmensa, terrible. Yo sabía muy bien por lo que lloraba.

Aquel recuerdo me
hace pensar de lo pequeño que yo sería, que ni mi madre, ni la otra mujer
descubrieron el disgusto que yo tenía porque creían que yo era ingenuo e
inocente ante aquella situación y que por mi niñez no habría captado el sentido
de aquellas palabras.
Traspasaron mi
pequeño corazón dos espadas de fuego. Así, cuando alguien me voceó desde lejos
con un “a mí me han dicho” en medio de la plaza, aquellas palabras llegaban un
poco tardías porque mi alma y mi corazón estaban saturados con unos recuerdo y
unas heridas muy amargas desde que apenas tenía uso de razón.
Mi madre vivió hasta
los ochenta y dos años.
De estas cosas que
yo os cuento
¡han pasado tantos
años!
que la experiencia
es testigo,
y también los
desengaños.
Porque la vida es
así,
difícil, tan
embustera,
que hay más
lágrimas que hieren
que rosas en
primavera.
Un mundo que no
comprendo.
Lo bonito que sería
que a los niños
cuando nazcan
no les falte la
alegría.
Porque son seres
humanos
porque nos les falte
el pan,
para que puedan
vivir
En un mundo que haya
paz.
jueves, 14 de agosto de 2014
sábado, 9 de agosto de 2014
Antes de haber un puente en el Guadiana.
Antes de haber un puente en el Guadiana
(Siguiendo con los escritos de mi padre)
Antes
de haber un puente en el Guadiana próximo a Orellana, esparragueros, pajareros,
labradores y una gomia de muchachos y mujeres que para buscárselas tenían que pasar
el río en una barca. La Serena daba de comer a todos los pobres entre
espárragos, cardillos, berros o criadillas.
Yo
tuve una mula más de veinte años, y una tarde hubo que pasar el río a vado
porque el barquero no estaba. La mula tuvo que nadar varios metros porque no
llegaba con las patas al suelo. Y yo digo, si la mula la compré con tres meses
¿quién pudo enseñarla a nadar? ¡Qué lección me dio aquel animal. Con el agua
que yo habré tragado para aprender a nadar!
Mi
padre era Ordinario[*] o Carrero que se decía lo
mismo. Él no aprendió a nadar porque no le vagó, tuvo que trabajar desde
pequeño.
Por
entonces, a falta de camiones el transporte se hacía con carros de ruedas de
llanta metálica y estructura de madera. Nos contaba que él y sus hermanos
siendo mozos trabajaron de ordinarios o carreros que quiere decir lo mismo y
simultáneamente llevaban algo de labor, pues ninguno de los dos negocios era
gran cosa.
Hubo
más familias que se dedicaban también a estas tareas, como los hijos de la tía
Felisa del Ordinario, los hermanos Jiménez, como el padre de Juanita y
Victoria. Un tal Pepillo del que mi padre contaba que en alguna ocasión había
echado un viaje hasta Madrid con el carro, y él mismo dice que fue en dos
ocasiones a Badajoz.
Los viajes por caminos carreteros estaban llenos de
dificultades y una de las principales era cruzar los ríos, en este caso el
Guadiana. A principios del siglo XX en 245 km de recorrido por la provincia de
Badajoz solamente existían tres puentes para carretera: el de Medellín, el de
Mérida y el de Palma en la capital.
Y eso que ya en “Las Partidas” de Alfonso X (1252-1284) al
explicar cómo han de amar los reyes a sus tierras y los que las pueblan “Deben mandar labrar puentes é calçadas é
allanar los pasos malos, por que los omes
puedan andar é llevar sus bestias é sus cosas desembargadamente de un
lugar a otro”
El
recorrido más habitual era a Villanueva de la Serena, buscando siempre el
trayecto más corto, incluso después de haber un puente que no se construyó
hasta 1933; porque en cualquier caso suponía un rodeo considerable sobre todo
teniendo en cuenta que los desplazamientos se hacían a razón de una legua[*] a la
hora, según el terreno y la carga con lo que el camino podría durar entre seis
u ocho horas.
Nos
contaba mi padre de un día, pasando el vado de los Jabales[*]
del Guadiana, viniendo con el carro desde Villanueva, empezó a inclinarse y oyó como las chinas
rodaban hacia lo hondo del río revuelto por la subida del agua y que a punto
estuvo de que el carro, las mulas y el carrero fuesen tragados por las furiosas
aguas.
Bastantes años después
por el mismo vado[*] de los Jabales, Manolo Jiménez Ruiz, Calisto, padre de Victoria y de Juani
Jiménez también fue carrero. Venía de familia de carreros que hacía
habitualmente esa ruta. Lo había aprendido desde muy tierna edad. Conocía el
camino, los arenales que parecían tragarse toda la fuerza de las mulas
avanzando con agobiante lentitud.
Con trece años ya hacía sólo el camino con sus mulas enjaezadas, con sus
borlas y sus campanillas, pues aunque animales eran, merecían buen trato y
cuidado; y por qué no, también adornos, pues como diría Cervantes, “un
palo vestido, no parece palo”. Las llamaba por su nombre, se habían criado con
él, las daba de comer y las llevaba al abrevadero con gran dedicación y cariño.
Eran sus mulas. Esas que les parecerían enormes bestias a cualquier chavalillo
de ciudad eran sus compañeras de fatigas.
Así
siendo casi un crío de trece años, pero con la madurez y la determinación de un
hombre, llegó a la orilla del río, empezó a cruzarlo como tantas veces había
hecho con su padre, sus hermanos y sus
dos yuntas de mulas. Pero aquella travesía quedaría grabada en su memoria para
siempre.
Cuando iba por medio del río el venaje cada vez más potente y con un
empuje implacable arrolló al carro y las mulas. Deslizados fuera del carril de
vado el río se convertía en un abismo en el que no se tocaba fondo. Por más que se esforzaban, las mulas perdían
su apoyo en el suelo y no podían resistir el ímpetu de la corriente. Con enorme
esfuerzo y gran dificultad pudo desenganchar las dos mulas de las cuerdas[*] pero
el carro y las dos mulas que seguían enganchadas fueron arrastradas por la
furia de la corriente ahogándose la dos. Terminó de cruzar el río a nado y con
la pelliza puesta por lo urgente y apurado de la situación. Aquello fue muy
sonado.
Yo tendría unos ocho o diez años y lo recuerdo
perfectamente, luego todo el pueblo solidario fue a sacar el carro cuando las
aguas habían desbravado.
Para
estar más seguro de esta historia pregunté a Francisca, su mujer, y me dijo que
cuántas veces se lo oyó contar a Manolo.
Cuando
pisó tierra firme al salir del río, encontró las dos mulas de las cuerdas que
le habían adelantado al pasar el vado esforzándose también en nadar contra la
fuerza del agua.
Las
dos mulas estaban en la orilla sin moverse como si esperasen a que su amo
saliese de aquel peligro.
Manolo
acarició a las mulas con cierta satisfacción por sobrevivir, pero al volver la
vista atrás comprendió que las otras dos mulas habían sido arrastradas por la
furia de la corriente y engullidas en el abismo de las aguas.
Y
así contemplando con tristeza aquel suceso se admiraba cada vez más como había
podido salir de allí siendo tan joven y haber podido atravesar unas aguas
salvajes de un río que apenas con mirarlas causaban pánico.
Y
para que no caiga en el olvido escribo estas páginas para que sepáis que Manolo
Jiménez tuvo un comportamiento heroico con sólo trece años peleando contra la
furia de un río.
Rafael Calzado Sanz
Orellana la Vieja, 2014
Publicado en la revista de la Feria, agosto de 2014.
ordinario: DRAE 11. m. desuso. Arriero o carretero que habitualmente conducía personas, géneros u
otras cosas de un pueblo a otro.
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