A disfrutar de la Costa Dulce.
Creado el martes, 23 de septiembre de 2008 2:34 Congreso Nacional de Internet en el Aula Granada
jueves, 23 de mayo de 2013
lunes, 13 de mayo de 2013
Montaraz
Montaraz
Anochecía lentamente en aquella época del año. Donde
más a gusto me encontraba era entre matorrales en lo más abrupto de la sierra y en lo más espeso del monte.
Al anochecer me sentía más lleno de vida que
nunca, pletórico, rebosante de energía y
de fuerza. Respiraba profundamente todos los aromas potenciados por la suave
humedad que subía del suelo con el inicio de la noche y transportado por brisas
ligeras cambiantes de rumbo y caprichosas como las formas de las nubes y las
siluetas borrosas que se iban desvaneciendo tenuemente.
Un aullido bronco, prolongado, grave, aumentado por
el eco se expandía como rodando de peñasco en peñasco. Sentía verdadero placer
al emitir ese sonido profundo, inquietante, solemne, majestuoso. Era mi forma
de remarcar mi posición en lo alto de las rocas. Mis pupilas dilatadas se
habían acostumbrado a la penumbra y mi aliada la Luna venía a poner un soplo de
luz plateada sobre el horizonte.

Conocía todos los demás ruidos y sonidos, el
murmullo de las hojas con el soplo suave o su misterioso bufar con vientos
huracanados. La delicada cadencia de las finas gotas de lluvia o el atronador
repiqueteo de los goterones y los granizos.
El balido de las cabras monteses triscando por
peñascos, el rebramar de los ciervos, el arruar del jabalí y sus gruñidos, y en
lo profundo de la noche el ulular de los búhos y los estridentes grillos.
Conocía todos los arroyos, regatos, torrenteras y
manantiales, me iba la vida en ello. Agacharme sobre el agua y sorberla
cristalina y fresca era una auténtica delicia.
Las floraciones iban marcando etapas, con gamas de
color tan diversas y atractivas que alegraban la vista y redecoraban el paisaje
eventualmente. Quedaban grabados en mi retina el blanco puro de la jara y el resplandeciente amarillo
de la genista.
En la rotación de tantas épocas como había conocido
y de las que no llevaba otra cuenta que las cicatrices acumuladas en mi piel
iban marcando mi vida y mi experiencia.
Hasta en las piedras más duras deja el tiempo su
huella.
Las tormentas vividas en la espesura del monte no me
asustaban, en realidad no tenía miedo de nada. El instinto de supervivencia
había desarrollado en mí la astucia y la precaución pero no el miedo que
atenaza y paraliza. Resguardado en la madriguera de aquella roca inclinada que
tan bien conocía escuchaba admirado el retumbar de los truenos, más potente mil
veces que mi aullido, y la instantánea y cegadora luz que los precedía.
Habría
de admitir que una tempestad seca impresiona; no deja de ser un alarde de
fuerza que se extiende cubriendo todo el
campo a la vista de incertidumbre y negrura.
No albergaba mi cerebro ningún recuerdo familiar.
Los primeros años se perdían en la bruma del tiempo como el horizonte en los
días de niebla. Observaba detenidamente
con inmensa curiosidad los jabatos rayados siguiendo a la jabalina; los
diminutos perdigones correteando sin levantar el vuelo siguiendo a una hermosa
y abnegada perdiz; la prolíficas camadas de lebratos siempre próximos a su
madriguera vigilados de cerca por una liebre adulta.
Tampoco había llegado a ver en toda mi vida a
alguien de mi especie, ni grande ni pequeño.
¿Quién soy? ¿Qué soy?
En la cara norte, a resguardo de los tórridos estíos
estaba mi caverna. Disponía de ella sin atisbo de competencia, fresca en verano
y tibia en invierno. Aunque siempre contase con esos diminutos intrusos que
siempre llegan sin ser invitados, insectos y pequeños reptiles.
En las tierras bajas, donde el monte perdía su
nombre, su seguridad, sus matas y sus aromas, aparecían unos terrenos más
llanos, abiertos, uniformados, que infundían un cierto resquemor y
desconfianza. Allí parecía más indefenso, sin resguardo y sin el amparo de los
matorrales.
Aún así a veces la curiosidad o la necesidad me
impulsaba a arriesgarme.
El olfato de conejos, recentales, beches y corderos
en épocas de escasez avivaba la tentación por adentrarme entre unas formaciones
que no parecían exactamente rocas ni peñascos, más bien tenían aspecto terroso
o como piedras alineadas, que dejaban entre sí pasos que se me antojaban
angostos y laberínticos.
Salían de allí sonidos desconocidos, metálicos,
mezclados, turbios.
Apostado al amanecer los veía salir de aquellos
laberintos hacia los campos abiertos en pequeños grupos que se iban disgregando
como en parejas que parecían de la misma especie y otro más diferente.
Pero ninguno de aquellos había aparecido nunca por
las espesuras montaraces que eran mi acogedor hogar.
Sabía que no me veían y que tampoco podían
olfatearme pues me colocaba cuidadosamente a contra viento. En ocasiones un
remolino o un cambio repentino del aire hacían que aquellas enormes bestias
apuntasen sus orejas enhiestas hacia adelante moviendo la cabeza como buscando
dónde podría ocultarse aquello que su instinto les indicaba como peligroso o al
menos desconocido, y todo lo desconocido en principio puede resultar peligroso.
Mis sentidos y me experiencia no me auguraban en
aquellos seres un posible alimento ni una presencia al menos indiferente.

No se correspondían aquellos ruidos con ninguno de
los sonidos que tan bien identificados tenía en mi ambiente habitual.
Carecían totalmente de significado para mí, pues
conocía muy bien cuando otras especies vivían épocas de celo, señales de
advertencia o peligro y cualquier otra situación natural. Se vieron también esa
noche diminutos rayos y pequeños truenos.
Todo ello en conjunto me llenó de una extraña
sensación de tristeza, ansiedad y estupor.
Entre tanta algarabía y confusión sólo pude
distinguir por su insistente repetición un sonido: ¡lobo!
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