sábado, 25 de octubre de 2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

Dos espadas de fuego.



Dos espadas de fuego

(siguiendo con los escritos de mi padre)

En las primeras elecciones del cambio democrático fue un cambio tan brusco y más para un pueblo sin experiencia comparándolo con otros países más desarrollados.
Pues no es de extrañar que oyésemos o dijéramos cosas sin sentido.
Estaba yo tan tranquilo contemplando los nidos de las cigüeñas de la torre sin meterme con nadie. Había mucha gente en la plaza, y sin más ni más, alguien me voceó desde lejos:
-Rafael, me han dicho que tu mujer y tú habéis votado a los socialistas.
-Y a mí me han dicho que tú has votado a los comunistas.
-¿Quién yo?
-A mí me lo han dicho.
-¿Y quién te lo ha dicho?
-¿Y a ti, quién te lo ha dicho?
Me daba vergüenza ajena andar a voces en la calle como los muchachos chicos.
Aquello no me quitaba el sueño. Ojalá hubiese sido ese el problema más gordo que yo haya tenido en la vida.
Pero desde luego hay que ver que poco cuidado tenemos en controlarnos la lengua. Cuánto daño hacemos sin darnos cuenta. ¿O dándonos?
Empezando porque yo no tengo que consultar a nadie a quien debería votar, porque ya soy mayorcito, o eso es lo que me creo. Además quien sabe a quién voto si ni lo digo ni lo pregunto.
Creo eso será cuenta de cada uno, y si el sobre va cerrado y no se clarea, como hay gente que vea tanto y sea tan “lista” que ya sabe con lo que voy a soñar pasado mañana.
Volviendo a lo de “a mí me han dicho” hay veces que ni viendo las cosas se pueden creer. En la despensa de mi casa andaban unos ratones que roían todo lo que pillaban. Pusimos una ratonera con un trocito de queso como cebo. A la mañana siguiente cayó el primer lirón. ¡Qué raro es esto! Un lirón con dos rabos. Yo nunca había visto un ratón con dos rabos, pero no fiándome de mí, se lo dije a mi nuera, a mi hijo y a mi mujer. Mirad, les dije, para que no me digáis que me sueño las cosas: un ratón con dos rabos.
Está claro dijeron todos, el ratón tiene dos rabos.
Pero, al aflojar la ratonera y tirar de los dos rabos salieron dos lirones. Se habían entallado los dos roedores a coger el cebo y sólo se veía un lirón.
Para que sepamos que ni viendo las cosas se pueden creer. Como para vocearle a un tío en medio de la plaza con un “a mí me han dicho”.
Con razón dice Miguel Delibes, me he pasado la mitad de la vida luchando con mentes enfermas.
Yo creo que deberíamos preocuparnos de los que no quieren trabajar, a ver de dónde les viene lo que se comen. Que a mí me han caído muchas gotas de sudor en la tierra desde que tenía once años.
Este mundo nos le hemos encontrado así, y así seguiremos por los siglos de los siglos. Porque si hubiese habido solución, desde que el hombre puso los pies sobre la tierra ya habría  tenido tiempo para que nos hubiéramos corregido.
Yo desde un pequeño pueblo de Extremadura comparándolo con el resto del mundo, qué es lo que yo puedo saber de la vida. Pero también digo que basta con la experiencia de cada cual para darnos cuenta de cómo funciona este mundo.
El recuerdo más desagradable y más amargo de mi vida por causa de las lenguas, no sé en realidad la edad que yo tendría, pero no mucho más de tres o cuatro años. Lo recuerdo perfectamente como si hubiese ocurrido ayer mañana. Mi madre estaba enferma en la cama. Llevaba varios días enferma supongo. A mí me faltaba el calor y el cariño de mi madre y me pasaba las horas alrededor de su cama esperando una caricia suya. 


Una mujer, imposible recordar quién sería, llegó a visitarla. Yo estaba allí, pegado a la cama, y sin poder tener idea de la gravedad de la enfermedad de mi madre.


Pero recuerdo el dolor y el desgarro que me produjeron las palabras de aquella mujer, tan faltas de la más mínima delicadeza y consideración.
“Josefa, te mueres”
Con mi corta edad aquellas palabras restallaron como un látigo en mis oídos hiriendo profundamente mi alma el resto de mi vida, y tengo ya más de noventa años.
Desde entonces sé que el alma existe, porque me lo dice cada vez que lo recuerdo.
Rompí a llorar una pena inmensa, terrible. Yo sabía muy bien por lo que lloraba.
Aquella mujer y mi madre, sin poder siquiera imaginarlo se preguntaban: ¿Por qué llora  este niño? ¿Y ese llanto a qué viene?
Aquel recuerdo me hace pensar de lo pequeño que yo sería, que ni mi madre, ni la otra mujer descubrieron el disgusto que yo tenía porque creían que yo era ingenuo e inocente ante aquella situación y que por mi niñez no habría captado el sentido de aquellas palabras.
Traspasaron mi pequeño corazón dos espadas de fuego. Así, cuando alguien me voceó desde lejos con un “a mí me han dicho” en medio de la plaza, aquellas palabras llegaban un poco tardías porque mi alma y mi corazón estaban saturados con unos recuerdo y unas heridas muy amargas desde que apenas tenía uso de razón.

Mi madre vivió hasta los ochenta y dos años.

De estas cosas que yo os cuento
¡han pasado tantos años!
que la experiencia es testigo,
y también los desengaños.

Porque la vida es así,
difícil, tan embustera,
que hay más lágrimas  que hieren
que rosas en primavera.

Un mundo que no comprendo.
Lo bonito que sería
que a los niños cuando nazcan
no les falte la alegría.

Porque son seres humanos
porque nos les falte el pan,
para que puedan vivir
En un mundo que haya paz.
 

jueves, 14 de agosto de 2014

Orellana, agosto 2014

El vídeo de Futurvisión 2014



y algunas fotos















sábado, 9 de agosto de 2014

Antes de haber un puente en el Guadiana.



Antes de haber un puente en el Guadiana

(Siguiendo con los escritos de mi padre)




Antes de haber un puente en el Guadiana próximo a Orellana, esparragueros, pajareros, labradores y una gomia de muchachos y mujeres que para buscárselas tenían que pasar el río en una barca. La Serena daba de comer a todos los pobres entre espárragos, cardillos, berros o criadillas.


Yo tuve una mula más de veinte años, y una tarde hubo que pasar el río a vado porque el barquero no estaba. La mula tuvo que nadar varios metros porque no llegaba con las patas al suelo. Y yo digo, si la mula la compré con tres meses ¿quién pudo enseñarla a nadar? ¡Qué lección me dio aquel animal. Con el agua que yo habré tragado para aprender a nadar!
Mi padre era Ordinario[*] o Carrero que se decía lo mismo. Él no aprendió a nadar porque no le vagó, tuvo que trabajar desde pequeño. 

Por entonces, a falta de camiones el transporte se hacía con carros de ruedas de llanta metálica y estructura de madera. Nos contaba que él y sus hermanos siendo mozos trabajaron de ordinarios o carreros que quiere decir lo mismo y simultáneamente llevaban algo de labor, pues ninguno de los dos negocios era gran cosa.

Hubo más familias que se dedicaban también a estas tareas, como los hijos de la tía Felisa del Ordinario, los hermanos Jiménez, como el padre de Juanita y Victoria. Un tal Pepillo del que mi padre contaba que en alguna ocasión había echado un viaje hasta Madrid con el carro, y él mismo dice que fue en dos ocasiones a Badajoz.
 
Los viajes por caminos carreteros estaban llenos de dificultades y una de las principales era cruzar los ríos, en este caso el Guadiana. A principios del siglo XX en 245 km de recorrido por la provincia de Badajoz solamente existían tres puentes para carretera: el de Medellín, el de Mérida y el de Palma en la capital.


Y eso que ya en “Las Partidas” de Alfonso X (1252-1284) al explicar cómo han de amar los reyes a sus tierras y los que las pueblan “Deben mandar labrar puentes é calçadas é allanar los pasos malos, por que los omes  puedan andar é llevar sus bestias é sus cosas desembargadamente de un lugar a otro”

El recorrido más habitual era a Villanueva de la Serena, buscando siempre el trayecto más corto, incluso después de haber un puente que no se construyó hasta 1933; porque en cualquier caso suponía un rodeo considerable sobre todo teniendo en cuenta que los desplazamientos se hacían a razón de una legua[*] a la hora, según el terreno y la carga con lo que el camino podría durar entre seis u ocho horas.

Nos contaba mi padre de un día, pasando el vado de los Jabales[*] del Guadiana, viniendo con el carro desde Villanueva,  empezó a inclinarse y oyó como las chinas rodaban hacia lo hondo del río revuelto por la subida del agua y que a punto estuvo de que el carro, las mulas y el carrero fuesen tragados por las furiosas aguas.


Bastantes años después por el mismo vado[*] de los Jabales, Manolo Jiménez Ruiz, Calisto, padre de Victoria y de Juani Jiménez también fue carrero. Venía de familia de carreros que hacía habitualmente esa ruta. Lo había aprendido desde muy tierna edad. Conocía el camino, los arenales que parecían tragarse toda la fuerza de las mulas avanzando con agobiante lentitud.
Con trece años ya hacía sólo el camino con sus mulas enjaezadas, con sus borlas y sus campanillas, pues aunque animales eran, merecían buen trato y cuidado; y por qué no, también adornos, pues como diría Cervantes, “un palo vestido, no parece palo”. Las llamaba por su nombre, se habían criado con él, las daba de comer y las llevaba al abrevadero con gran dedicación y cariño. Eran sus mulas. Esas que les parecerían enormes bestias a cualquier chavalillo de ciudad eran sus compañeras de fatigas.

Así siendo casi un crío de trece años, pero con la madurez y la determinación de un hombre, llegó a la orilla del río, empezó a cruzarlo como tantas veces había hecho con su padre, sus hermanos  y sus dos yuntas de mulas. Pero aquella travesía quedaría grabada en su memoria para siempre.
Cuando iba por medio del río el venaje cada vez más potente y con un empuje implacable arrolló al carro y las mulas. Deslizados fuera del carril de vado el río se convertía en un abismo en el que no se tocaba fondo.  Por más que se esforzaban, las mulas perdían su apoyo en el suelo y no podían resistir el ímpetu de la corriente. Con enorme esfuerzo y gran dificultad pudo desenganchar las dos mulas de las cuerdas[*] pero el carro y las dos mulas que seguían enganchadas fueron arrastradas por la furia de la corriente ahogándose la dos. Terminó de cruzar el río a nado y con la pelliza puesta por lo urgente y apurado de la situación. Aquello fue muy sonado. 
 Yo tendría unos ocho o diez años y lo recuerdo perfectamente, luego todo el pueblo solidario fue a sacar el carro cuando las aguas habían desbravado. 

Para estar más seguro de esta historia pregunté a Francisca, su mujer, y me dijo que cuántas veces se lo oyó contar a Manolo.
  
 
Cuando pisó tierra firme al salir del río, encontró las dos mulas de las cuerdas que le habían adelantado al pasar el vado esforzándose también en nadar contra la fuerza del agua.
Las dos mulas estaban en la orilla sin moverse como si esperasen a que su amo saliese de aquel peligro.
Manolo acarició a las mulas con cierta satisfacción por sobrevivir, pero al volver la vista atrás comprendió que las otras dos mulas habían sido arrastradas por la furia de la corriente y engullidas en el abismo de las aguas.
Y así contemplando con tristeza aquel suceso se admiraba cada vez más como había podido salir de allí siendo tan joven y haber podido atravesar unas aguas salvajes de un río que apenas con mirarlas causaban pánico.
 
Y para que no caiga en el olvido escribo estas páginas para que sepáis que Manolo Jiménez tuvo un comportamiento heroico con sólo trece años peleando contra la furia de un río.
Rafael Calzado Sanz
Orellana la Vieja, 2014
Publicado en la revista de la Feria, agosto de 2014.
 



 
ordinario: DRAE 11. m. desuso. Arriero o carretero que habitualmente conducía personas, géneros u otras cosas de un pueblo a otro.
 legua: DRAE (Del celtolatino. leuga, quizá de origen prerromano).1. f. Medida itineraria, variable según los países o regiones, definida por el camino que regularmente se anda en una hora, y que en el antiguo sistema español equivale a 5.572,7 m.
Mula de las cuerdas.Cuando en un carro van enganchadas cuatro mulas se llaman las de las cuerdas las dos delanteras.

vado: DRAE (Del latín vadus).1. m. Lugar de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en algún vehículo


Vado de los Jabalíes. Es la zona donde se celebra actualmente la romería de San Isidro.