sábado, 13 de septiembre de 2008

Nativo digital

Hace aproximadamente diez mil años, sólo algunos privilegiados disponían de la habilidad suficiente para encender y mantener el fuego. Eso les daba un inmenso poder sobre su propio clan y sobre las tribus de los alrededores. Suponía un gran avance que permitía endurecer las punta de lanza de madera, ayudaba a darle un toque exquisito a la carne y al pescado, un toque casi de alta cocina, servía de arma defensiva y de ataque, era una manifestación de la energía verdaderamente impresionante y peligrosa.

Algunos milenios después, los mejores observadores de la tribu, los magos y por supuesto algunos entusiastas de las novedades tuvieron al atrevimiento y el acierto de conseguir con muchísima paciencia a partir de unos granos de trigo raciones suficientes para el clan, sin tener que andar recorriendo incansablemente el territorio de una lado para otro. Eso sí había que utilizar la técnica más refinada pues si las semillas se colocaban demasiado hondas morían sin asomar a la superficie, y si estaban excesivamente someras eran los pájaros los que se las comían. No resultaba sencillo, más bien era difícil y complejo sacar adelante en el lugar elegido las plantas que se había demostrado con el paso de los años que eran muy provechosas.

Aquel descubrimiento, el de la agricultura, tuvo enormes e imprevistas consecuencias. Algunos miembros del clan debían quedarse hasta seis lunas para cuidar los cultivos, había que protegerlos de los depredadores y separar algunas hierbas nocivas.

Diseñaron herramientas específicas que llamaron azada, parece ser que siete mil años después se seguirían utilizando. Tuvieron que aprender nuevos oficios y especializarse. Incluso disfrutaron de una abundancia que les permitió el trueque con otros productos entre las tribus vecinas.

Debido a la permanencia en el mismo territorio, se fueron mudando las costumbres, algunos aprendieron a construir tapias y muros que cubrían con cañas y barro. La experimentación más atrevida y la observación continuada les llevó al descubrimiento de grandes cambios estructurales en la materia: el blando y pegajoso barro se tornó en dura y resistente cerámica. Quedaron maravillados, era una aplicación del fuego que antes sencillamente no habían tenido tiempo de apreciar. Esa técnica les abrió la posibilidad de disponer de recipientes incluso para líquidos. Verdaderamente asombroso.

Aquellas técnicas, ligeramente refinadas incluso hoy se utilizan.

Las armas y herramientas toscamente talladas pasaron a pulimentarse con gran parsimonia obteniendo más finura y precisión. Los descendientes de aquellos aventureros, muchas generaciones después dieron en llamarlo revolución Neolítica.

Todas aquellas técnicas y la diversidad de oficios y productos excedentes plantearon la necesidad de tomar nota. Hubo que inventar la escritura. Éste sí que fue un descubrimiento notable. Los objetos, los animales, incluso las personas, ya no eran sólo seres reales. Su representación simbólica podía hábilmente sustituirlos.

Por supuesto, surgieron desconfianzas, se le atribuyeron propiedades malignas a aquellos signos.

Y claro, otorgaron poder a los que sabían utilizarlos y entenderlos.

Era realmente mágico, en una tablilla de cerámica podían estar representados diez mil corderos y su valor.

Qué cosas más extrañas y misteriosas. Tanta importancia dieron a este invento que más adelante dividieron el tiempo den dos partes: antes y después de la escritura.

Andando el tiempo hubo quien llegó incluso a inventar una maquinaria y unos métodos que permitían repetir interminablemente y casi sin esfuerzo aquellos símbolos y ponerlos a la disposición de casi todas las tribus. Admirable. Pero no se libró de la desconfianza y las críticas, tanto conocimiento suelto no podía ser bueno. Los libros fueron perseguidos y quemados. Como en los orígenes, en los tiempos primitivos cuando reinaba la ira echaban mano del primero de los descubrimiento y su poder abrasador y “purificador”. Pero sobrevivieron los libros y se multiplicaron. También se pensó que tras aquello sería imposible inventar algo que pusiera los conocimientos y también la imaginación al alcance de casi todos.

Pero la curiosidad humana es casi tan ilimitada como sus tonterías. A estas alturas ya había máquinas de agua, palancas, andamiajes y poleas diversos, y la fuerza de los animales y las de las personas se utilizaba con gran eficacia.

El fuego era controlado con técnicas muy exactas, se disponía de hornos y fraguas. Era el “no va más”.

Pero fue. A más. A bastante más.

Ciertos individuos temerarios experimentadores, incluso a riesgo de su propia vida, llegaron a liberar una energía inédita, inmensa, increíble, inagotable, …

Habían inventado lo que dieron en llamar la máquina de vapor y el motor de explosión. Ahora sí que controlaban la energía del carbón y otros combustibles fósiles.

Incluso hubo un gran descubrimiento que permitía romper la noche, no ya con farolas de gas o fogatas, sino con el más maravillo invento: la electricidad.

Esto sí que solucionaba todos los problemas, y claro, planteaba otros nuevos.

Las máquinas a diferencia de los animales y las personas no se cansaban, no les afectaba demasiado el frío o el calor, ni el sueldo. Surgieron las fábricas, la producción en serie y las formas de organización social conocidas hasta la fecha se tambalearon. Efectivamente la revolución Industrial supuso drásticos y generalizados cambios económicos, sociales, políticos, etc.

Aquellas poderosas y cada vez más versátiles máquinas sirvieron para modificar el curso de los ríos, horadar las montañas, desplazarse a velocidades de vértigo, fabricar miles de objetos iguales con gran eficacia. Sí también para la guerra. Cómo no.

Se lograron avances realmente mágicos: ver y oír a grandes distancias.

Esta época ya sí que resultaba realmente insuperable. Las formas de organización social, las casas y las ciudades, la ropa y los alimentos, todo, absolutamente todo se había visto influenciado por los avances técnicos y mecánicos.

Ya no quedaba nada más por conocer y descubrir. La escritura estaba al alcance de casi todos, la radio y la televisión informaban puntual y rápidamente de cualquier acontecimiento en el otro extremo del planeta.

Pero la curiosidad y los experimentos no paraban.

Aún queda una fuerza por desatar. Estaba escondida en determinadas piedras que no necesitaban la luz del sol para emitir luminiscencia, incluso para quemar lentamente a sus descubridores.

Era aún más poderosa de lo que sus cálculos habían estimado. A doce mil años de distancia del descubrimiento del fuego estaban a punto de liberar la gran bestia. Escondida en el núcleo de algunos átomos se demostró inmensa, cegadora, aplastante, terrorífica. Se atrevieron a abrir la caja de los truenos. Y como no, la primera utilidad fue para la guerra. El arma definitiva, total, ya no habría quien resistiera, los primeros en poseerla serían los dueños del mundo. Pero el mundo es muy grande y no tiene dueño ni se lo come nadie. La energía atómica se extendió, incluso empezó a utilizarse para producir más electricidad, y curiosamente también en la medicina. En el terreno bélico se había llegado a lo que frívolamente definiríamos como empate técnicos, se disponía de capacidad para eliminar en unos minutos a toda la humanidad sin importar quién emprendiera la mecha.

Pero aquello no alteró las formas de organización social ni las costumbres.

Casi sin darnos cuenta, en medio de tanto alboroto nuclear y sin ruidos, se había pasado de la electricidad a la electrónica.

Se diseñaron y desarrollaron grandes y complicadas máquinas de cálculo que sólo los gobiernos y grandes empresas eran capaces de comprar y utilizar. No se prestó demasiada atención en su momento a aquellos cacharros.

Pero poco a poco se construyeron más pequeños, sencillos, baratos, rápidos y versátiles. Incluso en un sistema que se había diseñado para la guerra y la segunda actividad más tonta de la humanidad espiarse unos a otros para terminar sabiendo todos lo mismo.

Lo llamaron ARPANET, era un sistema de redes muy rápido y seguro con el que la información podía dar la vuelta al planeta en décimas de segundo. Incluso podemos pensar que se dio el paso decisivo al hacer algo parecido a lo que ocurriera milenios antes con la escritura. Ponerla al alcance de todos, o de casi todos. Lo liberalizaron y lo llamaron Internet.

Al principio incluso los supuestos expertos vaticinaron que no tendría futuro. Pero lo tuvo y se extendió por era barato y sencillo.

Pero volvieron a aparecer los agoreros señalando que de ninguna manera podía ser bueno, que cualquier chiquillo podía aprender a fabricar una bomba atómica, que creaba dependencia de las pantallas y los teclado, que no se, infinidad de peligros y males. Y encima no se podía quemar como hicieron tiempo atrás con los libros. Es más ahora añoraban los libros porque pensaban que este invento llevaría a la desaparición de ellos. En fin esto no ha hecho nada más que empezar. Todo estaba basado en que a los pequeños impulsos eléctricos les asignaron valores de ceros y unos. Habían hallado la forma de sustituir lo analógico. Se aceleraron los cálculos, se le dio a la transmisión de información una velocidad próxima a la de la luz.

Parece ser que incluso en las escuelas se habían dejado de utilizar los lápices, bolígrafos y cuadernos. Inimaginable.

Teníamos que darnos cuentas de que la alegría y el conocimiento son dos cosas aumentan y crecen más cuanto más se reparten.

Se vio la posibilidad casi ilimitada de aplicar la electrónica y los procedimientos digitales a todo o a casi todo, y además se creó Internet.

4 comentarios:

Sergio dijo...

Una auténtica maravilla este artículo.
Nuestra más sincera enhorabuena, maestro.

Drea dijo...

Oye me ha encantado esta entrada. Debo reconocer que de siempre he "odiado" la historia. Sin embargo, me doy cuenta de que podría ser por el método de enseñanza, porque contada así, creo que lo difícil es que no guste.

Rocio dijo...

La verdad es que estamos en continua revolución, cada día. Espero pronto el próximo post. Un saludo maestro.

gargon dijo...

Muy pero que muy buena la entrada, me ha gustado mucho. Nunca me habían contado la historia des ser humano de esa forma tan amena, corta, clara y accesible.
Enhorabuena, te seguiré visitando.