viernes, 14 de octubre de 2016

Con mi padre.

Con mi padre.

Tendría unos nueve años. Habitualmente acompañaba a mi padre al campo, según dice el refrán: “el trabajo del niño es poco, pero quién no lo aprovecha es loco”.
Ya sé que hoy en día las leyes de protección al menor plantean otras cosas; claro sólo en los países y en las épocas en las que resulta posible.

Me gustaba ir con él. Aunque resultaba duro soportar la intemperie, el frio, el sol, el viento, la lluvia, los mosquitos, los abrojos, la madrugada y las jornadas largas de sol a sol. Casi como a cualquier chiquillo me gustaba más que ir a la Escuela.
Aunque me cansara y terminase el día agotado estaba deseando volver.
Con la perspectiva del tiempo veo que mi padre ha sido la persona que más desinteresadamente me ha querido.
Aunque sin escatimar exigencias e incomodidades siempre procuraba evitarme los trabajos más duros y las situaciones más desagradables. En cualquier caso eludía los esfuerzos inútiles o sin sentido.
Solía contarme que cuando él era pequeño fue con sus hermanos y otros primos a coger aceitunas a la Sierra y lógicamente los muchachos se pusieron a cogerlas empezando por el lado del sol. Y que de manera incomprensible un tío suyo que iba cargo de ellos les recriminó esa actitud acusándoles de señoritos y comodones y les obligó a ponerse por el lado de la umbría, dónde hacía mucho más frío y aún está la hierba helada y llena de escarcha.
Desde luego era verdaderamente absurdo y nada bueno aportaba. Así que jamás hacía ni mucho menos me obligaba a realizar esfuerzos o sufrir penalidades sin sentido ni utilidad.
Pacientemente me explicaba que los garbanzos había que sembrarlos dejando un reguero a lo largo del surco que él acababa de abrir con el arado. Que no se podía vaciar el saco de golpe para terminar antes.
También me explicaba que no se podían sembrar lápices, caramelos o cualquier otra cosa que se me ocurriese, pues sólo las semillas podían germinar. Además no se podía hacer en cualquier época al azar pues cada cultivo tenía su temporada. Por supuesto la profundidad a que debían ir las semillas también seguía unas reglas y criterios razonables que se conocían por la propia experiencia y aprendiéndolo unos de otros. Que era imprescindible hacer una buena labor previa, barbecho, y después de sembrar seguir pendiente de ello. “Hazme buena cama y tápame con una tarama” era el refrán al efecto.
Parecen cosas obvias, pero la mente de un niño no siempre está preparada para aprender lo que no se aprecia con suficiente claridad. Y que hay secuencias lógicas e imprescindibles. Por ejemplo, no se puede aprender a resolver una ecuación si antes no se ha aprendido a sumar o restar.
En el caso de los cultivos resulta complicado para un niño ver la perspectiva del tiempo y relacionar todo el proceso desde la germinación hasta el desarrollo de un nuevo fruto.
Queda muy bonita esa sencilla actividad que solemos realizar cada año con nuestros alumnos más pequeños envolviendo una semilla de judía, o de garbanzo, en un algodón húmedo y observar su proceso de germinación.
Claro que resulta interesante, y muchas más “prácticas” similares habría que realizar con la chiquillería en la Escuela. Es cierto que luego en los ochenta vendría la moda de los huertos escolares que tantos recursos didácticos ofrecían.
Me sigue maravillando, cada día más,  la Revolución Neolítica, siendo el principal cambio el descubrimiento de formas propias de producción de alimentos a partir de la agricultura y de la ganadería.  
¿Cómo llegaron a relacionar todo el ciclo vital que se da en las plantas? Cierto, que en algunas se trata sólo de unos meses, pero no se puede enterrar una semilla a cualquier profundidad ni en cualquier sitio, o desentenderse de ella por completo.
Cuando le preguntaba que cómo sabía él qué día era el más apropiado para arar o sembrar me contestaba con un refrán tan ambiguo como sarcástico: “En marzo el garbanzal, ni sembrado ni por sembrar”
Venía a decir que esas cosas se sabían por la experiencia, que el tiempo y el terreno lo decían muy claramente.
No debería ser tan sencillo porque solía decir que el oficio del campo no se acaba de aprender nunca.
Después me daría cuenta de que en realidad ningún oficio se acaba de aprender en toda la vida.
Así obtenemos respuestas más comedidas de un experto que las simplistas y expeditivas opiniones que nos ofrece cualquier aficionado respecto a algún asunto por complejo que sea.
Generalmente íbamos con el carro a todas partes, resultaba más cómodo y más práctico para transportar aperos, simientes o abonos.
Salíamos del pueblo por la que ahora llaman Avenida del Pantano, antes un camino, lleno de polvo y estercoleros a los lados. El carro tenía un característico “cante” el repiqueteo como de campanas que producen las cañoneras de hierro fundido sobre el eje macizo. Si el carretero hizo un buen trabajo ese repiqueteo dará fe de ello pues estará, lo que se dice bien apuntado.
La mula siempre a la monta, el lado izquierdo, el mulo al vareo, el lado derecho. Encajados los cuellos de ambos animales en el yugo  y atados firmemente los fiadores, esas sogas gruesas y fuertes que pasan por debajo de las axilas de las mulas para que el carro no se caiga hacia atrás. Casos se han dado en que eso ha ocurrido en una cuesta empinada por exceso de carga o por mal estado de las sogas.
La luna llena de mayo alumbraba con esa luz blanquecina como de plata brillante que no hace lucir el color de los objetos pero que te permite ver fácilmente por donde andas, sobre todo si vas por sitios conocidos.
Nuestra mente tiende a recomponer los datos que faltan, intuye los obstáculos, identifica las márgenes del camino y te tranquiliza sobre todo el instinto animal, las parsimonia con la que la yunta recorre ese camino tan trillado, que te permite ir en el pértigo, dejarlas solas, a su libre albedrío, nada más tienes que silbarlas para que sepan que sigues ahí, con ellas en la tarea cotidiana.
Por el camino de la sierra llegamos hasta los Almajanos en un tiempo que nadie se molestó en calcular. Simplemente el tiempo habitual. El desplazamiento de la Osa Mayor, tan conocida, nos iba indicando las horas. No buscamos una medida del tiempo sólo una ligera referencia.

Dormir a la intemperie curte, relaja, asusta, intriga, enseña, claro, todas las vivencias enseñan, pero sólo si estamos dispuestos a aprender.
Salimos con el carro al atardecer para llegar a la parcela antes de que oscureciese del todo. Aquel sitio no estaba lejos del pueblo, a una hora con las mulas.

Lentamente nos acostumbramos a la penumbra, y con la misma parsimonia al descenso de la temperatura. El camino de tierra amortiguaba el característico sonido del carro y las herraduras. Pero sí nos acompañaba el repiqueteo de la cañonera sobre el eje de hierro macizo. Lejanas en la charca croaban las ranas, ululaban búhos y mochuelos en los olivares de la sierra. El olor del pasto seco se hacía más intenso con el frescor y la humedad de la noche.
Apenas se movía una imperceptible brisa del poniente, ligera y sutil, pero de la que había que protegerse pues con el paso de las horas habría provocado agudos dolores de espalda. Por ese motivo al llegar y antes de soltar las mulas orientamos el carro de norte a sur, lo calzamos bien y cerramos con los tableros. Con unos sacos de paja acondicionamos la cama y vestidos nos cubrimos con las mantas. Dormiríamos vestidos, sobre el carro para evitar los alacranes y otros bichos. No llevábamos reloj, ni lo teníamos ni hacía falta. Las Osa Mayor y Casiopea con su infalible y preciso giro sobre la Polar nos indicaban “la hora”.
El cansancio y el sosiego traerían el sueño sin tardanza. A los ecos habituales de la noche, búhos, mochuelos, lechuzas se unieron los “grillos” metálicos con los que estaban maneadas las bestias.
Un fondo que te permitía dormir tranquilamente, pero con un puntito de alerta semiinconsciente por si resoplaban las mulas o sus grillos se agitaban. Podían espantarse por alguna culebra o si olfateaban un lobo o una zorra. No era habitual ya por esas fechas el robo de mulas, pero siempre era de temer esa posibilidad.
Pasadas las horas alguna ráfaga de viento obligaba a removerte y arrebujarte en la manta. De reojo mirabas al cielo y calculabas mentalmente entre sueños cuánto habían corrido las estrellas. Casiopea, La Osa Menor, incluso Orión mirando al sur te daban una referencia de la hora que podría ser. Pero no importaba, volvías a tratar de dormir.
Ya llegaría el día
Llegaría imparable el alba. Antes de que saliese el sol ya habríamos de empezar la tarea.
El día siempre llega. Siempre es un día nuevo. Completamente distinto a cualquier otro.
La tarea prevista era empezar a segar temprano, con la fresca.
Con las primeras luces del alba, o las últimas de la Luna habríamos de empezar a segar garbanzos, que era uno de los trabajos más duros y desagradables que había en el campo.
De hecho, si en los últimos años no hubiesen adaptado las cosechadoras de cereales para recogerlos creo que se habría abandonado totalmente su cultivo.
Al tratarse de una mata baja tienes que ir muy agachado con el hocino rozando el suelo  y con la aspereza que tiene resulta abrasivo para las manos poco endurecidas si no van protegidas con fuertes guantes de trabajo.
Mi padre nunca se quejaba, ni del frio, ni de la calor, ni de la seca, ni de la lluvia.
Para las doce del mediodía había que estar de regreso con la carga porque con el calor resultaba totalmente insufrible.
Llevar el carro entre las gavillas para cargarlo era el remate del esfuerzo pues había que lanzarlas hacia arriba con fuerza, pero como era lo último se hacía con más ganas. Lo ideal sería que hubiese un mínimo de tres personas. Pero esta pequeña labor no daba para más. Así que había que recurrir a la colaboración de las bien adiestradas mulas. Obedecían a la voz de mi padre, “arre” y “so” eran suficiente para que se fuesen desplazando al paso mientras que nosotros, uno por cada lado,  tirábamos las gavillas al carro. Claro que había que guiarlas en las vueltas, pero solían portarse bastante bien.
Después habría que llegar a la era, descargar, extenderlos, dejar unos días que se calentasen y secasen más para trillarlos y limpiarlos laboriosamente.
Pacientemente me explicaba lo que teníamos que hacer, el cómo y el por qué.

Así un día y otro yendo con él aprendía constantemente.

Como circulábamos habitualmente por caminos podíamos ir tranquilamente los dos en la caja del carro o sobre el pértigo con los cabrestos recogidos. Lo normal era caminar tranquilos, pero lo que a todos los chiquillos nos gustaba era imaginar que corríamos con la cuadriga romanas en el circo y ver la polvareda que levantaban los cascos y las ruedas a nuestro paso.
Desde luego el trote de las mulas por ligero que pudiera parecerme no se acercaba ni con mucho al galope de unos caballos, pero la ilusión era lo importante.
Las mulas conocían los caminos que frecuentábamos habitualmente y no dudaban en pararse al llegar a la parcela.
Eran animales dóciles y a pesar de la fama de terquedad que tiene las mulas yo veía en ellas más sobriedad y tesón que otra cosa. Entendían las cuatro palabras básicas que se emplean con estos animales, arre, só, rea (a la izquierda) y bo (a la derecha).  También distinguían el tono de amabilidad o enfado, y los silbos suaves con los que pretendíamos que se relajasen en el abrevadero.
La atención que mi padre tenía con ellas era constante, pendiente de que nunca les faltase agua y comida. Desengancharlas de los aparejos en cuanto podía para pudiesen descansar.
Se trataba de una yunta muy básica compuesta por una mula de pelo castaño oscuro, de poca alzada, que había llegado a la casa, o debería decir a la familia,  un año antes que yo. Tenía una gran paciencia conmigo desde que yo era un crío.
Mi padre la había enseñado a que bajase un poco la cabeza para ayudarme a montar impulsándome con su cuello hacia arriba.
Estoy convencido de que tenía más “entendimiento” de lo que habitualmente se les atribuye.
El mulo más nervioso, más alto, de pelo ligeramente más clarito, era fuerte de nervios acerados y un tanto esquivo.

-¿Es que ha dejado de estudiar el muchacho?
Preguntaban con cierta sorna y con retranca. Para añadir enseguida, muchacho, cualquier cosa, aunque sea “la carrera del galgo”. Lo que sea mejor que “esto”.
“Esto” con gran énfasis decían siempre, es muy sacrificado, y siempre pendiente del cielo. Si llueve o no llueve. Siempre hecho un esclavo. La simiente y el abono cada vez más caros, el trigo y los melones cada vez más baratos. Y el precio lo ponen ellos. (“Ellos” eran los mayoristas, o el propio Estado cuando el trigo estaba sujeto a intervención y era el S.N.T. Servicio Nacional del Trigo, quien se encargaba de su compra, luego reconvertido en Servicio Nacional de Cereales.)
Siempre había “alguien” que disponía

Por descontado que me sirvió muchísimo mi propia experiencia personal cuando tuve que enseñar y hacer de Maestro, recordar el papel y la situación del aprendiz.
Con catorce años, ya me permitió, por estricta necesidad pues él estaba en Cabeza del Buey vendiendo peras, ir solo con el carro hasta la parcela que teníamos cerca de Vegas Altas, a unos quince kilómetros de Orellana.
Cuando iba con él desde pequeño habitualmente llevaba yo el carro aunque sólo por caminos y nunca por la carretera que procurábamos evitar. Pero el río Gargáligas necesariamente había que cruzarlo por el puente pues vadearlo resultaba más arriesgado.
Yo había aprendido que cuando cruzábamos  grandes terraplenes o puentes en la carretera las mulas se ponían nerviosas y empezaban a empujarse una contra la otra de modo que el riesgo era evidente pues en caso probable de una apretase más que la otra podíamos ir todos al agua. Así que la solución era desenganchar una de ellas y atarla en la parte trasera, y luego coger la otra de cabresto  sujeto con una mano y con la otra palmearla el cuello y hablarle susurrando o silbar al modo relajante que se emplea cuando se las lleva al abrevadero.
La técnica daba resultado y no importaba la carga pues como siempre se trataba de tramos cortos y llanos no suponía ningún problema.
Esa atribución de responsabilidades son las que te hacen madurar sin apenas darte cuenta.
Estás trabajando con enormes bestias que te superan en fuerza y que pesan alrededor de cuatrocientos kilos, de forma que un simple cabezazo accidental o un pisotón pueden suponer un duro golpe.
Pero no las ves como “animales” sino como compañeras de trabajo. Silenciosas, austeras, resistentes, habían aprendido los caminos antes que yo y cuando llegas a un cruce no dudan de la dirección correcta. Incluso aprendieron bien a dónde no querían ir, porque en el regadío había muchos mosquitos.
Enseguida entiendes que la “lógica" de los animales es tan elemental como fiable.
Y claro está, además “saben latín”, esa expresión que empleamos cuando queremos decir que alguien sabe más de lo que parece, en este caso viene referida a que mi padre siempre decía las primeras veces que me dejaba el arado, que hablase con autoridad, que las mulas sabían quien estaba agarrando la mancera.
-Pero si estamos detrás y no pueden vernos, ¿cómo lo van a saber?
-Lo saben. Se dan cuenta perfectamente que eres un crío.
Háblalas con autoridad, con decisión.


Aquello además de ser completamente cierto, me desconcertaba y producía desazón y me hacía ver que era necesario mostrar autoridad y decisión sin dudarlo.
Estas situaciones volvían a surgir en mi memoria cada vez que tenía la sensación de que la clase se me iba de las manos y los chavales no me hacían ni puñetero caso.
Desde luego el primer día que di clases. Incluso muchos años después con una experiencia consolidada, el quince de septiembre, según tengo anotado en la agenda de ese curso, con parvulillos de cuatro y cinco años, volví a experimentar la misma sensación.
Tremendo.
También había aprendido de mi padre que asumiendo responsabilidades se aprende y el que enseña debe tener paciencia y asumir el riesgo derivado del proceso de aprendizaje.
Hubo muchos ejemplos, pero entre ellos pasar entre los árboles recién plantados o entre otros cultivos corriendo el riesgo de arrancarlos. Al fin y al cabo se traba de un riesgo exclusivamente económico, no hay riesgo para la salud.
Pero ahí estarían las ocasiones en las podemos dejar a los niños tareas que entrañan riesgo de roturas de objetos o de pequeñas averías.
Incluso con los adultos, así recuerdo lo aventurado que resultaba en las clases de Informática la posibilidad de que los aprendices pudieran dar al traste con las configuraciones.
Con mi padre aprendí a buscar innovaciones constantemente, no por lo que pudiera haber de novedoso, sino por lo que tuviese de mejora.
Hay que reconocer que la innovación no sale de la improvisación, eso serían simplemente ocurrencias.
La novedad sale de la experiencia y de la maduración en la búsqueda de soluciones nuevas a planteamientos viejos, clásicos o cotidianos. La creatividad no sale de las “ocurrencias” de “a ver que sale”.
Un par de ejemplos:
1.- Los árboles.
Era el año 1964 y para entonces ya hacía tres temporadas que se regaba con las aguas del Embalse de Orellana, eso sí, sin que se hubiesen adaptado los terrenos a las curvas de nivel que seguían las acequias, ni se hubiese realizado la necesaria concentración parcelaria, y el trazado de nuevos caminos y desagües al efecto de poder regar en condiciones apropiadas.
Así surgirían nuevos cultivos desconocidos por estos lares, maíz, sorgo, mijo, arroz, cacahuetes, frutales, algodón, etc. Hasta entonces solo se conocían trigo, avena, cebada, melones, garbanzos, y poco más.
Eran muchas incógnitas las que se planteaban de forma simultánea.
Así que mi padre en su afán por aprender y buscar la mejor información, cogió la mula, y después de cuatro horas de camino se presentó en Madrigalejo, donde estaba la Oficina de Extensión Agraria a pedir información y asesoramiento al Perito Agrícola.
Poco después encargó mil cien árboles, perales concretamente de las variedades limonera y ercolini, por un importe de 25.000 pts. Un enorme gasto para la época.
El aspecto que tenían aquellos palos de poco más de un metro de largo y raíz desnuda era un tanto desolador.
Aquello dio pie a todo tipo de comentarios satíricos, despectivos y desalentadores, por parte de sus colegas, “que vaya dinero tirado”, “anda que comprar un carro de leña”, “te has vuelto loco”, “vas a ir a la ruina”, y “esperas que eso dé fruta” …

Yo tenía trece años. Aparejamos las mulas, las uncimos al carro con aquel extraño cargamento y después de tres horas de camino habíamos llegado a una pequeña parcela de poco más de una hectárea, de tierra arcillosa, profunda y sobre todo, bajo el nivel del canal y fácil de regar sin problemas con los linderos.
Los plantamos, con todo el mimo y el cuidado que requerían tan tiernas plantas y con toda la ilusión de poner en marcha un cultivo tan nuevo por aquí.
2.- La maquinilla.
En este caso no fueron los colegas los asombrados y desconfiados por las “ideas” de Rafael. Ahora se trataba del herrero, pero también en relación con los árboles.

Evidentemente un cultivo nuevo habría de necesitar de nuevos aperos o al menos de la modificación de los antiguos. Esa modificación que mi padre le propuso al herrero le pareció tan disparatada y fuera de lugar que se resistía a hacerla. Por fin, y después de explayarse en tono despectivo: “allá tú”, lo hizo, pues como herrero tenía más habilidad que como persona sociable.
Hasta aquí dos ejemplos, sencillos, elementales en un oficio antiguo.
Han despertado críticas sin argumentos, desprecio, incomprensión y palabras de desaliento para el que se atreve a salir de la rutina.
Me sirvió de referencia la reacción de mi padre a la hora de arrostrar la situación de seguir adelante con sus planes y comprobar cómo luego las críticas y burlas se tornaron en alabanzas y cierta envidia cómo no.
Ah, claro, se dirá, se trataba de gente de pueblo y sin estudios.
Bueno pues si así fuese, no habríamos tenido que escuchar algunos los mismos tipos de comentarios y conocer las mismas reacciones en una ciudad como Madrid, o Getafe y entre profesionales con estudios y experiencia.
¿Algún ejemplo?
Va.
Sería el curso 1980-81 yo tenía 36 parvulillos de cinco años en el Colegio Público “Gabriel y Galán”. La carcajada en el claustro fue casi general cuando pregunté por la disponibilidad del proyector de diapositivas para utilizarlo en mi clase.
“Pero, tú para que lo quieres con esos enanos” decían los de la segunda etapa (6º, 7º y 8º) “anda que tienes unas cosas”.
Bueno, al menos no me llamaron loco. En fin cogí el proyector y la carpeta de Ciencias Naturales que había enviado el Ministerio hacía poco tiempo.
Por supuesto que llevaba muchos días dándole vueltas a la idea y buscando la mejor forma de utilizarlo y las posibilidades didácticas que podría desarrollar.
Salió incluso mucho mejor de lo que había programado y previsto. Además en vez de utilizar la pantalla en alto como solía hacerse, busqué un hueco en la pared y lo proyecté a la altura de “mis enanos”. Se lo pasaron bien, aprendieron, se despertó su curiosidad y su ilusión. Era digno de ver su asombro ante aquellas enormes imágenes de animales que podían ver y tocar en la pared.
Por supuesto que para desconcierto de alguno de mis compañeros volví a utilizarlo y desde luego les mantuve con la intriga respecto a la forma de hacerlo con un alumnado tan diminuto.

Habría más ejemplos

Desde pequeño te vas familiarizando con el ambiente que te rodea. Es natural.
Decía mi último Maestro, el que me daba clases para preparar Magisterio por libre, que una de las bases del aprendizaje era la repetición. Claro, en eso están basadas las sesiones de entrenamiento y ensayo de artistas y deportistas.
Continuamente oía eso de que “no hay que acercarse a las bestias por detrás ni sorprenderlas” pues al asustarse pueden arrearte dos coces.
Siempre había que hablarles, o silbar y que te viesen venir. Parece obvio, pero hay que estar en ello y prestar atención sobre todo cuando van acompañados estos consejos de historias de  personas que han sufrido roturas de huesos a causas de las coces.
Luego había que prestar especial atención al lenguaje de las orejas. Las dos relajadas y dejadas caer balanceándose al paso indicaban claramente sensación de total confianza, relajación y tranquilidad.
En el momento en el que una de las dos enhiesta oteando en derredor como un radar, ya auguraba alguna preocupación del animal sobre algo desconocido o perturbador.
Si eran las dos las que se elevaban además en paralelo como buscando y tratando de identificar el origen la situación de peligro había que estar prevenidos para una brusca reacción de espantada.
Pero, ay, si los animales echaban las dos orejas hacía atrás bien agachadas, eran una amenaza en toda regla y presagiaban un ataque implacable a muerdos y patadas.
Déjalas, ellas saben, me decía muchas veces mi padre. Incluso los días en los que nos cogía un aguacero y había que regresar antes de tiempo, era digno de ver cómo buscaban la forma de colocarse de espaldas al viento hasta el punto de negarse a andar hasta que no aminase el temporal.
Esperar era la mejor opción, sin duda. Terminar calado hasta los huesos porque a falta de impermeables lo que utilizábamos eran mantas muy densas que terminaban empapándose y traspasando la humedad a la ropa.
Luego al llegar a casa, lo primero era atender a los animales, desaparejarlas dentro de la cuadra para que no se enfriasen darles agua y comida. Y después colocar leña menuda sobre el gato de la lumbre, (morrillos los llaman en otros sitios) remeter algunos trozos de tomillo u otro tipo de encendaja prender el fuego y agregar leños más gruesos.
Después era un espectáculo casi mágico nuestras ropas humeado por el vapor que desprendían al acercarnos a la lumbre creando a nuestro alrededor un halo misterioso de niebla y una agradable sensación de calorcillo en el cuerpo.

Siempre ha sido mayor el movimiento de población desde los pueblos a las ciudades. A veces se produce un retorno casi testimonial. En cualquiera de los dos casos las personas vamos buscando una mejora, quizá idealizada, sugerida, esperada, a veces dentro de lo posible o simplemente a modo de escape.
Me llama la atención la sutileza del lenguaje porque nos muestra una determinada percepción de la realidad.
El trabajo agrícola parece simple. Desde las ciudades tiende a verse el trabajo del campo, el de pastores y campesinos, con cierto desdén y como oficio de personas iletradas.
Ya el lenguaje se encarga aplicar un buen número de vocablos despectivos y peyorativos, cateto, palurdo, paleto, pueblerino, con otros algo más suaves como lugareño, rústico, aldeano, etc.
No es que sea algo nuevo de estos tiempos, ya en la Edad Media, el habitante de las villas era el villano.
En fin, pero no sé yo si es más paleto el lugareño que llegado a Madrid no sabe cómo utilizar el metro, o el señorito de la ciudad que llegado al pueblo no sabe por dónde coger la azada ni distingue un olivar de un melonar.
Pero lamentablemente esos “desprecios” también se dan entre oficios, o dentro del mismo sector entre categorías o niveles profesionales. El caso es marcar alguna diferencia, sea real o ficticia.
Curioso es el caso de los pantalones de pana y los vaqueros. Los primeros por su dureza y resistencias eran utilizados por los campesinos, pero luego los hicieron suyos los señoritos de los cortijos. Y qué decir del vaquero, cómo no asombrarse de su extensión y evolución fuera del ámbito para el que fueron diseñados. Yo me niego a utilizarlos, porque no tengo vacas que cuidar.
Pero mira qué curioso, cuando la gente en la ciudad terminaba de pagar el piso se compraba un chalet adosado. O sea una casa de pueblo, con patio y corral, pero dándole otro nombre.
Luego vinieron los hippies y los ecologistas y con sus exageraciones se pusieron a idealizar los pueblos. Ahora todo la rural cobró un nuevo valor, en los hipermercados se vendía “pan de pueblo”, embutidos de pueblo, así el apelativo “de pueblo” se hizo tan atractivo como los prefijos “bio-“ y “eco-“.
Qué listos son los publicistas.

La energía eólica, o sea el viento, ya la aplicábamos en la era para aventar el grano y separarlo de la paja.
La energía solar venía siendo aprovechada para secar la ropa desde tiempo inmemorial.
La hidráulica estaba siendo sustituida por los motores eléctricos y diesel en las fábricas de harina y los molinos del río quedaban abandonados.
Utilizar las escasas latas que encontrábamos para fabricarnos unos zancos o aprovechar las flexibles ramas de olivos para construir arcos y flechas eran modos sencillos y económicos de aprovechar los recursos escasos para jugar.
Ir a los bares a pedir botellas vacías para conservar tomates era la mejor forma de reutilizar el vidrio. (La palabra reciclar aún no la conocíamos).
En aquellas economías de subsistencia todo era ahorrar, todo era económico, y ecológico. ¿O no?
La verdad es que la eficiencia de las lumbres y anafres de carbón es más bien escasa.
Así que la modernidad se fue abriendo paso poco a poco en los pueblos igual que en las ciudades, y llegado Internet todo estaba al alcance de cualquiera con un simple click.